Antes que colaboradores, lo que forma a nuestros equipos son personas: seres con sentimientos, emociones, ideas, sueños y proyectos. Cuando ésta visión del colaborador como un todo integrado se pierde y sólo se lo ve como un recurso, repercute en el compromiso y el desempeño del equipo entero.

Cuántas veces compartimos 4, 6 u 8 horas de nuestro día con otros, en un trato cordial, comentando al pasar las noticias o temas pura y exclusivamente laborales… sin nunca acceder al “plano persona”, sin preguntarnos siquiera qué hay atrás de esa herramienta que cumple objetivos y pone “tics” en la lista de tareas.

Y cuanta más distancia en niveles jerárquicos, más fácil olvidar que cada persona tiene una vida… o peor: creer que no es relevante, cuando la realidad no podría ser más distinta: la conexión que se da al trascender del empleado a la persona genera gratificación, confianza y empatía.

Más allá de cuan bueno sea el sueldo, de qué tanto se relacione el trabajo con la carrera profesional o el tipo de tarea, un gran factor motivador es la conexión humana: poder compartir sobre la familia y los vínculos, pasatiempos, sueños a futuro; las vivencias, los puntos de vista, los estados de ánimo que afloran ante diferentes circunstancias; genera inclusión, acerca, y por ende influye directamente en el desempeño laboral, la relación entre compañeros y con el entorno.

Es cuestión de poner el acento en la persona e interesarse verdaderamente por su vida “extra trabajo”; un simple “¿Cómo estás?” con interés real y la disposición a escuchar lo que surja del diálogo, puede cambiar totalmente la tónica del día. Parecen simples, pero estos gestos transforman la realidad: modificar el entorno, generando un acercamiento de los individuos con la organización, puesto que el factor humano siempre es de suma importancia.