La comunicación 3.0 no se restringe a las redes sociales. Hasta en los medios más tradicionales, el colaborador cada vez más espera protagonizar el diálogo en la empresa.
Algunos más fanatizados y otros más tolerantes, la mayor parte de la gente laboralmente activa usa redes sociales. Como comunicadores esto nos lleva, de forma directa al cuestionamiento de si incorporarlas o no como canal formal. Pero no es esta la única pregunta, y definitivamente no la más importante.

Más que el canal, la gran cuestión es el rol de la persona y del comunicador en este nuevo paradigma de diálogo.

¿Todavía nos sorprende el rumor, el “radio pasillo”? En tiempo record, el uso de las redes sociales nos ha acostumbrado a una comunicación inmediata, (bastante) espontánea, (aparentemente) caótica, (más) descontracturada y (según como se lo mire) avaladamente imperfecta. Y por sobre todo: un medio de expresión donde cada uno debe hacerse responsable de la imagen que da y el efecto que genera en los demás.  ¿Cómo culpar a la gente de no usar “nuestros” canales internos, que tardan semanas entre retoques y probaciones, y se enfocan en lo que queremos decir y no en lo que les importa pensar, si en dos minutos pueden enterarse whatsapp mediante?

En este flujo, el comunicador mismo no debe ser una piedra que obstaculice sino el que encauce, dé pautas y criterios, desarrolle las capacidades para transmitir ideas.

Porque cada vez más, con una APP o una taza de café entre medio, el canal es la gente.